CRÓNICA NEGRA DE LAS MERINDADES – VIRUÉS // Julio Corral
El 7 de octubre de 1870 marcó el inicio de una tragedia silenciosa en la localidad de Virués. Don José Collar Ayllón, maestro de escuela, hombre de letras y dedicación, cayó víctima de una cadena de injusticias que lo arrastraron desde la miseria económica hasta la violencia más cruel. Lo que en apariencia fue un simple litigio escolar, pronto se transformó en un drama de rencillas, abusos de poder y sangre derramada.
El maestro, privado de sus salarios durante más de un año, se vio obligado a elevar denuncia a la Dirección General de Instrucción Pública. El Ayuntamiento de Virués primero, y la Junta local de Primera Enseñanza de Quintana Martín Galíndez después, actuando fuera de sus atribuciones, habían decretado arbitrariamente su destitución, condenándolo a la penuria y a la humillación. La burocracia añadió su peso al infortunio: durante cinco interminables años el expediente se halló paralizado, mientras José Collar subsistía en la más absoluta pobreza.
Pero la injusticia administrativa tenia el trasfondo de un eco más siniestro. El origen de todo no estuvo en una cuestión académica, sino el una disputa con un vecino, Vicente Ruiz, que desencadenó un proceso judicial que llevó al maestro a sufrir dos meses de arresto por supuestas lesiones. Apenas recuperada la libertad, el destino volvió a golpearlo con violencia atroz: en una noche oscura, Vicente Ruiz y su cómplice Jacinto Peña le aguardaron a la puerta de su casa. Sin mediar palabra, lo acuchillaron catorce veces, dejándolo tendido en el suelo, creyéndolo muerto.
El parte médico fue estremecedor: tres de las puñaladas alcanzaron órganos vitales, y sin embargo, contra todo pronóstico, José Collar sobrevivió. La vida le fue devuelta, aunque marcada para siempre por el horror de aquella emboscada.
La trama, sin embargo, escondía un interés aún más perverso. Tras el encarcelamiento de sus agresores por intento de homicidio, Jacinto Peña, uno de los atacantes, fue nombrado por el Ayuntamiento para ocupar la plaza de maestro en Virués, sin título ni mérito alguno, como si la agresión no hubiera sido un crimen, sino una macabra puerta de acceso al poder local.
No fue hasta que el Inspector de Instrucción conoció en detalle el cúmulo de agravios, cuando la verdad salió a la luz. El Ministerio de Fomento dictó una Real Orden que destituyó de inmediato a Peña, prohibiéndole ejercer la enseñanza, y restituyó a José Collar en su puesto, ordenando el pago de los salarios adeudados. Aun así, se recomendó prudencia: el maestro debía ser trasladado a otra localidad, lejos del ambiente hostil que lo había condenado.
El desenlace de esta historia, sin embargo, fue inesperado. José Collar, cansado de las persecuciones y los infortunios, dio un giro a su vida: dejó el magisterio y se enroló como oficial en el ejército en Cuba, buscando quizá en tierras lejanas el sosiego y la dignidad que este pueblo burgalés le había negado.
Nunca antes la figura de un maestro, pilar del saber y del porvenir de la juventud, había sido mancillada con tanta vileza. Lo sucedido en Virués no es solo el relato de un hombre herido, sino el testimonio de cómo la envidia, el abuso y la injusticia pueden acuchillar también el alma misma de una comunidad.



