La historia del Camino Olvidado está íntimamente ligada a los primeros pasos de la tradición jacobea. Tras el descubrimiento de la tumba del apóstol Santiago en el siglo IX, Europa entera comenzó a peregrinar hacia Compostela. Pero no todas las rutas eran iguales, algunas discurrían por zonas seguras, mientras que otras estaban expuestas a diversos peligros y conflictos.

En esa época, el Camino Olvidado se convirtió en la ruta preferida por los peregrinos del norte de Europa. Atravesaba montañas, bosques y valles que garantizaban seguridad, evitando otras zonas más peligrosas. Durante siglos, miles de peregrinos transitaron por estos senderos, dejando huella en pueblos como Espinosa de los Monteros.

Con el tiempo, la consolidación del reino de León y la pacificación del territorio favorecieron el auge del Camino Francés. El Olvidado quedó relegado, pero no desapareció, siguió vivo en la memoria colectiva y en el trazado de pueblos que nunca perdieron su identidad jacobea.
En los últimos años se ha recuperado este itinerario ancestral. Señalización, difusión entre los peregrinos y promoción turística han hecho que cada año aumente el número de caminantes y peregrinos que eligen recorrerlo. Y dentro de este renacer, Espinosa de los Monteros se ha convertido en un punto clave. La villa, situada en plena comarca de las Merindades, ofrece al peregrino un equilibrio perfecto entre descanso, patrimonio y naturaleza.

El caminante que llega a Espinosa lo hace después de atravesar montañas y valles, rodeado de un entorno natural privilegiado; una vez en el municipio, descubre un pueblo con un patrimonio excepcional, que habla de su pasado, aquí se respira historia en cada calle, en cada piedra, en cada edificio…

Las opiniones de los peregrinos son las que mejor explican lo que significa Espinosa de los Monteros en el Camino Olvidado. La experiencia de caminar no se mide solo en kilómetros, sino en vivencias y emociones. Y en este sentido, ésta villa ha dejado huella en cientos de caminantes y peregrinos que recuerdan su paso por ella con especial cariño.

Antia, una peregrina gallega, lo cuenta con entusiasmo: “Lo que más me impresionó fue la calma. Llevaba varios días caminando y al llegar aquí sentí una serenidad especial. La gente se acercaba, me preguntaban de dónde venía, me ofrecieron indicaciones y hasta me ofrecieron un tentempie. Aquí se respira cercanía y humanidad”.

El albergue municipal de Espinosa de los Monteros es otro de los símbolos de este camino que ofrece todo para el descanso. Pero más allá de lo material, se ha convertido también en un espacio humano, un lugar de encuentro entre diferentes personas e idiomas que comparten un mismo objetivo. “Aquí uno descubre que el camino no es solo andar, es también compartir”, resume un peregrino francés.
Espinosa de los Monteros, orgullosa de su historia y su entorno, se consolida como un destino imprescindible dentro de esta ruta jacobea.

Albergue de peregrinos de Espinosa de los Monteros.