La Fundación Naturaleza y Hombre (FNYH) inició el pasado mes de diciembre la restauración del antiguo Resbaladero de Lunada, una ambiciosa actuación enmarcada en el proyecto “Bosques Flotantes”. En el año 2020, los municipios de Medio Cudeyo, Riotuerto, Liérganes, Miera, San Roque de Riomiera y Espinosa de los Monteros así como asociaciones de Cantabria y Burgos, constituyeron una asociación que lleva por nombre “El Resbaladero de Lunada” con el propósito de fomentar el desarrollo de sus territorios unidos por esta infraestructura del siglo XVIII.
La intervención, que tiene como objetivo principal poner en valor esta infraestructura del siglo XVIII, consiste en la construcción de una renovada estructura de madera sobre la rampa de piedra original. Para garantizar su resistencia frente a la climatología extrema de la zona, la fundación empleará traviesas de ferrocarril como base y rollizos de madera de pino tratados en autoclave para reconstruir el tramo final del canalón original, que cuenta con una longitud de más de 50 metros.
Como complemento a la obra, se está llevando a cabo una plantación de árboles en los márgenes del resbaladero que busca restaurar la cubierta vegetal desaparecida hace siglos, empleando una amplia variedad de especies autóctonas como el haya (especie predominante), abedul, fresno, tejo y acebo, entre otros.
Cañones y galeones
El contexto histórico del Resbaladero de Lunada es clave para entender el paisaje actual. Construido hacia 1791 servía para deslizar madera desde el Portillo de Lunada hasta el río Miera. Desde allí, los troncos flotaban hasta la Real Fábrica de Cañones de La Cavada y Liérganes. Su actividad industrial supuso una deforestación masiva en el norte de Burgos, sobre todo de Espinosa de los Monteros y el valle del Miera. Se estima la pérdida de 10 millones de árboles.
La construcción de un solo galeón requería 900 robles, mientras que para la fundición de un cañón eran necesarias dos hectáreas y media de bosque.
Uno de los problemas era el transporte de la madera a estas fábricas, para solucionarlo se construyó el Resbaladero de Lunada en el año 1791 en el municipio cántabro de Soba, situado en el margen derecho del río Miera, a 10 km de Riomiera, en su ascenso al Portillo de Lunada. Esta obra de ingeniería del siglo XVIII es considerada desde julio de 2003, Bien Inventariado por la Consejería de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Cantabria por considerarse una obra de gran magnitud, cuyo propósito era el transporte de maderas por las escarpadas pendientes de Lunada para finalizar en la Real Fábrica de Cañones de La Cavada y Liérganes.
El Resbaladero de Lunada se construyó durante la época de Carlos III, quien nacionaliza la Fábrica de Cañones cántabra en 1763, recibiendo así el título de Real Fábrica. Las necesidades de la fábrica hicieron necesario gran cantidad de árboles para alimentar los hornos de las fundiciones, muchos de los cuales llegaban de los montes del norte de Burgos, extendiéndose hasta La Rioja. El ingeniero austriaco Wolfgang de Mucha propone una solución al transporte de maderas, El Resbaladero, una construcción con un recorrido de 1,7km. con sólida base de piedra sobre la que se asienta una estructura de madera de haya en forma de “U”, que se usó para transportar las maderas por las pendientes del Puerto de Lunada.
Después de una prueba exitosa, se construye el Resbaladero con una longitud de 1.696 metros de largo y una anchura que variaba entre los 3 y 4,5 metros, manteniendo una pendiente casi constante de 20º, medida de modo que los troncos no adquiriesen demasiada velocidad y desbordaran la estructura. Para “ayudar a resbalar” los troncos se hacían con la cabeza más gruesa para que no se trabasen en el descenso, y se humedecía o regaba con el agua el Resbaladero. Todas estas estructuras e ideas conseguían que los troncos salvaran un desnivel de 400 metros en un tiempo de 2 minutos.
En la actualidad se encuentran pequeños restos de lo que fue, se puede intuir el recorrido que seguía y algunas de sus estructuras, como las tajeas para salvar las vaguadas y un fragmento muy bien conservado en el final del Resbaladero, que indica una inclinación diferente que servía para aminorar la velocidad del descenso.



