CRÓNICA NEGRA DE LAS MERINDADES – QUINTANILLA SANTA GADEA, 1908

Julio Corral

Una disputa entre dos mujeres en Quintanilla de Santa Gadea termina en un crimen movido por la pasión y la envidia.

Antes de nada, quisiera agradecer a Violeta Núñez que me haya puesto sobre la pista de lo que aconteció en el apacible pueblo de Quintanilla de Santa Gadea el 26 de octubre de 1908, cuando la quietud de una jornada que se antojaba tranquila terminó desgarrándose por un acto de violencia que provocó estupor.

Si al igual que ella, algún lector quiere hacerme llegar algún crimen ocurrido en las Merindades, puede escribirme a través del correo electrónico juliocor1969@gmail.com.

Aquella tarde de otoño, Luisa Saiz y Saiz acudió al lavadero público con la tranquilidad de quien sigue una costumbre cotidiana. Cuentan que, a pesar de sus cuarenta años y de haber enviudado demasiado pronto, mantenía un semblante agraciado y el porte elegante. Su belleza no pasaba inadvertida entre los vecinos, y más de un hombre se volvía discretamente a su paso para dirigirle una furtiva y delatora mirada de pasión.

Mientras lavaba unas sábanas apareció Bernabela Ruiz Díez, que, pese a tener tan solo dos años más, parecía mucho mayor. Bernabela era más ruda y su rostro curtido evidenciaba que la vida no había tenido clemencia con ella, encalleciéndole las manos y endureciendo su mirada. En comparación, Luisa desprendía una suavidad que Bernabela había perdido hacía tiempo.

Ambas lavaban la ropa, pero antiguas rencillas, siempre listas para resurgir, hacían que se miraran de vez en cuando con resentimiento, hasta que un comentario mordaz hizo que se enzarzaran en una discusión. Luisa, experta en el uso de la ironía, hizo que los celos encolerizaran a su vecina. El tono de las palabras y el volumen de su voz fueron subiendo poco a poco hasta que se convirtieron en insultos y gritos.

Más de uno en el pueblo escuchó la pelea, pero nadie quiso acercarse a mediar entre las dos mujeres. Craso error, pues si alguien las hubiera intentado calmar, seguramente el desenlace hubiera sido diferente.

Fue un comentario de Luisa sobre el marido de Bernabela el que precipitó la tragedia. Bernabela, de complexión más fuerte, arremetió contra la viuda, que no tuvo tiempo de defenderse. Durante el forcejeo, bastó un empujón para derribarla y hacerla caer al lavadero. Luisa, sorprendida, intentó zafarse, pero el furor de su adversaria no tenía freno. En un arrebato de ira, Bernabela se lanzó al agua y, poseída de un impulso salvaje, apretó la cabeza de la pobre mujer sumergiéndola por completo, hasta apagar cualquier señal de vida.

El silencio posterior fue más aterrador que los gritos que lo precedieron. Bernabela, al ser consciente de lo que acababa de hacer, huyó despavorida y sin rumbo, con el peso de la culpa como una losa sobre el pecho. Deambuló por los caminos hasta alcanzar, ya entrada la noche, el pueblo de Cilleruelo de Bezana, donde fue vista con el semblante desencajado que delataba el horror de lo sucedido.

Entre tanto, uno de los vecinos que había escuchado la pelea, acudió al lavadero, hallando el cuerpo sin vida de Luisa, inmóvil, flotando entre las aguas.

De inmediato avisó de su hallazgo al alcalde y este a la Guardia Civil, que rápidamente emprendió la búsqueda de la sospechosa. No tardaron en interceptarla y, tras un breve interrogatorio, detenerla. Alegó que su intención era dirigirse a Sedano y entregarse voluntariamente al juez, aunque nadie creyó su versión. Fue trasladada al Juzgado Municipal de Alfoz de Santa Gadea, donde habría de responder por su crimen.

Así se cerró una jornada teñida de luto y consternación. En un pequeño pueblo como aquel, donde todos se conocen y las historias corren más rápido que el viento, el lavadero quedó, desde entonces, marcado por la memoria del espantoso suceso. Las mujeres, al acudir a lavar, evitaron durante años hablar en voz alta e incluso evitaban entrar en el lavadero si ya había otra vecina. Los hombres, por su parte, se dedicaron a murmurar en la taberna, donde se produjeron intensos debates entre los que defendían los sermones del cura que alertaban de los peligros de la histeria femenina y quienes confiaban más en la opinión del médico del pueblo que negaba aquel diagnóstico.

El proceso judicial siguió su curso con la severidad acostumbrada en la época, pero ninguna sentencia pudo reparar el daño ni devolver la tranquilidad a aquellas gentes humildes que, en su sencillez, habían creído que esas cosas solo ocurrían en las grandes ciudades.

Más de un siglo después, aquel crimen conserva un eco trágico y ejemplar. Fue la historia de dos mujeres presas de la soledad, la envidia y el orgullo, que arruinaron sus vidas en el mismo infortunio. Los celos, cuando gobiernan el corazón, transforman lo cotidiano en desgracia y lo humano en monstruoso.